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viernes, 4 de junio de 2021

El ejercicio como vacuna universal

Siempre defenderemos el ejercicio como un elemento armonizador de los mecanismos implicados en el adecuado funcionamiento del organismo. La homeostasis, equilibrio o balance entre componentes inflamatorio-antinflmatorio, protrombótico-antitrombótico, vasocontricción-vasodilatación, inmunomodulación (inmunodepresión-autoinmunidad), mejora el metabolismo hidrocarbonado, lipídico, cinética del hierro, y muchas más acciones. 


Recientemente se han actualizado las recomendaciones de la OMS en actividad física y se han publicado las primeras guías europeas de Cardiología del deporte y ejercicio en pacientes con enfermedad cardiovascular

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Los beneficios que establece la OMS en sus directrices incluyen:

  • La actividad física tiene importantes beneficios para la salud del corazón, el cuerpo y la mente.
  • La actividad física contribuye a la prevención y gestión de enfermedades no transmisibles, como las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y la diabetes.
  • La actividad física reduce los síntomas de la depresión y la ansiedad.
  • La actividad física mejora las habilidades de razonamiento, aprendizaje y juicio.
  • La actividad física asegura el crecimiento y el desarrollo saludable de los jóvenes.
  • La actividad física mejora el bienestar general.
  • A nivel mundial, 1 de cada 4 adultos no alcanza los niveles de actividad física recomendados.
  • Se podrían evitar hasta 5 millones de fallecimientos al año con un mayor nivel de actividad física de la población mundial.
  • Las personas con un nivel insuficiente de actividad física tienen un riesgo de muerte entre un 20% y un 30% mayor en comparación con las personas que alcanzan un nivel suficiente de actividad física.
  • Más del 80% de los adolescentes del mundo tienen un nivel insuficiente de actividad física


 

El ejercicio es, sin duda, la mejor «vacuna» contra las consecuencias adversas del sedentarismo. Una población activa sería una población con mayor cantidad y calidad de salud (bienestar), no sólo a nivel cardiovascular sino global. Además, se evitan los efectos secundarios se la toma de medicación. La combinación de ejercicio físico («cada movimiento cuenta», según la OMS) con alimentación adecuada, no fumar, gestión del estrés, serían la mejor herramienta de promoción de la salud. Su integración en etapas precoces de la vida es la mejor estrategia de gestión de salud.


En concreto, centrados en el escenario cardiovascular, podemos recurrir a las recomendaciones europeas mencionadas, que recomiendan prescribir ejercicio físico en todas las edades y situaciones clínicas, separando en las estrategias y programas: 

a) Personas con factores de riesgo cardiovascular: con intención de prevención de enfermedad (prevención primaria). Atañe a personas con obesidad, diabetes, hipertensión arterial, por ejemplo. 

b) Personas con enfermedades cardiovasculares: en las que resulta una prescripción dentro del tratamiento y manejo de la propia enfermedad (mejora síntomas, enlencece la evolución, mejora su pronóstico, permite reducir tratamiento farmacológico). Hace reseñas específicas para diferentes tipos de pacientes: arritmias, enfermedades valvulares, miocardiopatías, insuficiencia cardiaca, cardiopatía isquémica (angina de pecho, infarto de miocardio), cardiopatías congénitas, canalopatías, etc. 


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c) Personas con enfermedades no cardiovasculares: trasplantados renales, pacientes oncológicos, lesión medular, enfermedad vascular periférica

d) Otras situaciones clínicas: altitud, medio acuático, frío/calor extremo, embarazo, pacientes portadores de dispositivos (marcapasos, desfibriladores) , postoperados de válvulas o aorta. 


En todas las situaciones se priorizan los beneficios clínicos frente a los riesgos, y siempre se intentará adaptar el programa de ejercicio a la condición del individuo. 

Puedes ampliar datos en esta entrevista concedida para Medscape

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martes, 29 de diciembre de 2020

Las vacunas no salvan vidas; la vacunación, sí. ¿Son seguras?

 

En un reciente artículo, dos destacados miembros de la Harvard T.H. Chan School of Public Health, los doctores Wayne C. Koff y Michelle A. Williams, abordan varios aspectos acerca de la seguridad de las vacunas frente al SARS-CoV-2 y en el que se plantean varias cuestiones al respecto, ¿pero qué significa realmente que sean seguras?

 

Tras una colaboración sin precedentes y una vez que los líderes mundiales reconocieron que nos encontrábamos en medio de una pandemia, los esfuerzos han culminado en que varias vacunas, en menos de un año, se encuentran en fases muy avanzadas de ensayos clínicos. Una vez que ya se están administrando en varios países del mundo, la pregunta que surge una y otra vez es: ¿son seguras?

 

La respuesta es clara: sí.

 

Las vacunas son uno de los grandes triunfos de la Salud Pública. Durante décadas han ayudado a mejorar las expectativas de vida y suponen una de las mejores herramientas para evitar enfermedades, discapacidades y muertes. Las vacunas evitan de dos a tres millones de muertes infantiles al año y son, también, uno de los productos que con más cuidado se han ensayado y uno de los más seguros de la historia.

 

Una vez finalizada la fase III de las vacunas de Pfizer/BioNTech y de Moderna, sabemos que son muy infrecuentes las reacciones graves, y, una vez que se vayan vacunando millones de personas aumentará nuestra confianza en cuanto a su seguridad y efectividad. No obstante, es importante que tengamos claro lo que significa “seguras”. Ninguna vacuna ni ningún fármaco están libres de efectos adversos al 100% y es responsabilidad de los sanitarios el ser honestos acerca de ese extremo, de manera que la población mantenga su confianza en la ciencia.

 

Las razones para el “escepticismo vacunal” ya arrancaron con Edward Jenner en 1796 y las razones son de diversa índole: desde las creencias religiosas a la explotación que se infringe a las comunidades de color, pasando por la desinformación vertida a las redes sociales. Pero por encima de todas ellas destaca el tiempo récord con el que se han desarrollado, probado y aprobado.

 

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Antes de que una vacuna se apruebe para su uso poblacional debe pasar por un cuidadoso proceso en el que se ensaya en decenas de miles de voluntarios, que permite detectar la mayoría de los efectos adversos. Para detectar los menos frecuentes se dispone de los sistemas de vigilancia postcomercialización, en los que se vigilan estrictamente los problemas que aparecen al vacunar a millones de personas. Estos pasos complican la comunicación de los líderes de la Salud Pública a la hora de explicar a la población que es normal que aparezcan efectos y reacciones adversas, especialmente cuando constituyen una noticia de portada en los medios de comunicación o se amplifican en las redes y se convierten en pasto de las teorías de la conspiración.

 

Ya se vivió algo similar a propósito de la pandemia gripal de 2009 cuando se asoció la vacuna frente a la cepa A/H1N1 con un riesgo extremadamente bajo de padecer un Síndrome de Guillain-Barré. Los investigadores calcularon que aparecían 1,6 casos extra de este síndrome en cada millón de personas vacunadas y simultáneamente los CDC de los Estados Unidos, a la vista de la experiencia de la swine flu de 1976, priorizaron una política diaria de comunicación acerca de la campaña de vacunación con el objeto de disipar las preocupaciones relativas a la seguridad de la vacuna pandémica. En otras ocasiones, los expertos han concluido que los riesgos de una vacuna eran costosos de asumir. La primera vacuna disponible frente a las gastroenteritis por rotavirus, RotaShield, que fue autorizada en 1998, mostró, un año más tarde, que aumentaba el riesgo de invaginación intestinal, del orden de uno o dos casos por cada 10.000 niños vacunados. Por ese motivo se suspendió la vacunación y el fabricante retiró la vacuna del mercado.

 

Esta experiencia demostró el rigor con el que los americanos supervisaban el proceso de la seguridad de las vacunas y la rapidez con la que actuaban si detectaban un problema. Unos años más tarde se aprobaron las vacunas de segunda generación, no demostrando incremento del riesgo de invaginación en la vigilancia postcomercialización.

 

Siendo claros: para las personas o familias puede ser devastador experimentar cualquier efecto adverso o desarrollar una enfermedad por culpa de una vacuna -cuando se supone que tiene que evitar enfermedades- y nunca deberían tomarse a la ligera, incluso en medio de una pandemia, pero los abrumadores beneficios de las vacunas tanto para los individuos como para la sociedad compensan, significativamente, el riesgo de tener reacciones adversas.

 

Gracias a que las vacunas pasan por estrictos sistemas de pruebas, las infecciones que años atrás afectaban anualmente a cientos o miles de personas de los Estados Unidos, ahora son extraordinariamente infrecuentes: la viruela se erradicó y la polio y rubeola están prácticamente erradicadas. La contrapartida es que una vez controladas tendemos a bajar la guardia y a olvidar lo importantes que son las vacunas para mantenerlas a raya.

 

COVID-19 es otro de los ejemplos en los que el riesgo de no vacunarse es mucho mayor que el de los efectos adversos causados por la propia vacuna. De las decenas de miles que ya han recibido la vacuna, algunos han reportado cuadros transitorios de fiebre, dolores o reacciones alérgicas. Comparémoslos con lo que ha causado el propio virus que ya ha infectado a más de 70 millones de personas y matado a 1.6 millones aproximadamente, y todo ello sin hablar de la devastación económica y sanitaria en todo el mundo.

 

Como dice el viejo adagio: las vacunas no salvan vidas, la vacunación sí. La única manera de parar esta tragedia y de intentar recuperar cierta normalidad es haciendo campañas masivas de vacunación. Éstas, comienzan ayudando a la población a comprender que las vacunas son seguras y exponiendo con claridad y transparencia los potenciales efectos adversos. Será en ese momento cuando reconstruiremos la confianza y nos aseguraremos que el virus solo sobrevive en nuestros libros de historia.



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Fuente: Asociación Española de Vacunología

Traducido y adaptado por José A. Navarro-Alonso M.D

Pediatra. Comité Editorial A.E.V.


jueves, 8 de octubre de 2020

Riesgos previsibles... y prevenibles: ¿me debo vacunar?



Las enfermedades cardiovasculares son uno de los principales problemas sanitarios a nivel mundial. El incremento de incidencia y prevalencia está asociado a una mayor prevalencia de factores de riesgo cardiovascular (por empeoramiento de los estilos de vida), al aumento de la esperanza de vida y a la mayor supervivencia de las cardiopatías (es decir, se sobrevive a la fase aguda, pero se mantiene una fase crónica condicionada por las secuelas y lenta progresión de la enfermedad). 
El riesgo de sufrir una evento cardiovascular aumenta tras sufrir una infección respiratoria. Estos eventos comprenden: 
-Cardiopatía isquémica: infarto de miocardio, angina de pecho inestable
-Insuficiencia cardiaca: a veces asociada a arritmias, infarto, o complicada con shock cardiogénico e insuficiencia respiratoria grave
-Enfermedad cerebrovascular: ictus, trombosis, hemorragia cerebral

En España, el 80% de los pacientes hospitalizados por gripe presentan algún factor de riesgo (enfermedad cardiovascular, respiratoria, obesidad, diabetes, inmunodeficiencias, etc); la afectación más frecuentemente relacionada con estas hospitalizaciones es la enfermedad cardiovascular (34%). La gripe multiplica por 9 la probabilidad de desarrollar una complicación cardiovascular y es un predictor de mortalidad. De hecho, durante la fase epidémica de la gripe se observan claros excesos de la mortalidad global, especialmente en adultos por encima de los 65 años y/o con factores de riesgo (individuos vulnerables). El riesgo de desarrollar un infarto se mantiene elevado incluso tras el periodo de exposición (fase crónica), y hasta el 6% de los infartos se relacionan con esta infección (10% durante los brotes). 

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A pesar del creciente arsenal terapéutico para el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares, los tratamientos tradicionales no pueden modificar el riesgo asociado a gripe. Aunque la vacunación antigripal sigue siendo la mejor manera de reducir el riesgo añadido que conlleva la gripe, las tasas de vacunación sorprendentemente bajas, incluso en los colectivos vulnerables, representan un reto significativo de salud pública al tiempo que una oportunidad de mejorar el pronóstico de enfermedades graves y potencialmente prevenibles. 

Los factores de riesgo y complicaciones de la gripe son prácticamente superponibles a los de la COVID-19. Además de los esfuerzos por aumentar la capacidad del sistema sanitario para absorber la demanda asistencial que la coexistencia de estas dos enfermedades puede suponer, es posible establecer medidas adicionales que prevengan las temibles complicaciones y preserven, cuanto sea posible, la salud de las personas en riesgo. 


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Estas medidas pasan por: 
a) Mantener los factores de riesgo de complicación lo más estables posibles: personas con hipertensión, diabetes, enfermedades pulmonares, obesidad, inmunodeficencias, enfermedades cardiovasculares, etc. Es recomendable que vigilen sus cifras, cumplan los tratamientos y mantengan un estilo de vida correcto, de forma que, si “les coge un virus”, tengan su sistema inmunitario lo más preparado posible. 

b) Seguir rigurosamente las medidas de prevención para evitar contagios: lavado de manos, distancia social, no tocarse la cara, toser/estornudar en el brazo, usar pañuelos derechables. El uso de mascarilla no evita ni elude estas medidas. Se recomienda evitar aglomeraciones, actividades en grupo que puedan postponerse, afluencia en lugares cerrados. 

c) Vacunación: no existe vacuna eficaz frente al coronavirus. Aunque hay estudios en marcha, no hay garantía de que se vaya a conseguir a corto plazo. Serían buenas noticias, pero hay enfermedades como el SIDA que, tras más de 30 años de investigación, aún no han dado con una vacuna eficaz. Lo que sí existe es una vacuna contra la gripe, con resultados consistentes que demuestran su capacidad de prevención de complicaciones. El pasado año, la vacunación antigripal, previno un 26% de hospitalizaciones, un 40% de admisiones en UCI y un 37% de defunciones. Además, la vacunación reduce hasta un 56% el riesgo de complicaciones cardiovasculares



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Por eso, más que nunca, es importante que la cobertura de vacunación sea máxima. Además de protegernos a nosotros, protegeremos a los que nos rodean, evitaremos el colapso sanitario y evitaremos complicaciones cardiovasculares y respiratorias que pueden tener un desenlace fatal. 

En el siguiente enlace se puede escuchar una entrevista acerca del impacto de la gripe y enfermedades cardiovasculares

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Contacta con tu centro de salud para programar tu vacunación y consulta los puntos disponibles para su administración. 

Si te quedan dudas, puedes consultarnos: 
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lunes, 14 de septiembre de 2020

Vacunas: mito o realidad

Existe cierta confusión acerca del proceso de desarrollo clínico de vacunas, y de la previsible fecha en la que tendremos disponible una forma de inmunización frente a la COVID-19.

Este proceso no es como el de hacer una casa, en la que se puede hacer un pronóstico de cuándo va a estar el edificio, la canalización de tuberías, el cableado, etcétera. Una vez listo todo, se entregan las llaves.

Las vacunas (y muchos otros tratamientos), llevan un proceso de investigación riguroso y detallado. Saber qué componente usar (Fase I, ensayos en animales), estudiar la mínima dosis eficaz capaz de conseguir resultados sin efectos adversos (Fase II, voluntarios sanos), y verificar en personas con la enfermedad que se cumplen los objetivos (Fase III) requiere tiempo. Es necesario ensayar varias dosis, rectificar, reformular, analizar cada uno de los pasos y reconducir siempre que sea necesario. Cuando llegamos a la fase III, no basta con poner la vacuna y hacer un test. Es necesario comprobar la duración de la eficacia y la ausencia de efectos secundarios. Estos pueden tener un decalaje desde la administración de una dosis hasta su presentación, igual que ocurre desde un contagio hasta la aparición de síntomas. Si vemos que hay personas que incluso meses tras la infección continúan con secuelas, ¿por qué apresurarse a lanzar una vacuna antes de aguardar el tiempo prudencial?

 

Los ensayos clínicos no tienen un proceso al azar, sino una estructura muy detallada, razonada, con una hipótesis plausible y sometidos a regulación y normativas éticas. Todos deben estar adecuadamente registrados y se pueden consultar sus características. Están sometidos a procedimientos de auditoría que realizan empresas externas a los investigadores y promotores y que aseguran el cumplimiento correcto de todos los escalones.

 

Recientemente se han escuchado fechas de previsión de tener una vacuna disponible. Eso depende, por un lado, de la fecha previsible de reclutamiento de pacientes, administración de dosis y finalización del mínimo tiempo de seguimiento que antes he comentado.

 

Tras revisar las fuentes oficiales donde se registran las vacunas oficialmente disponibles, he revisado cada uno de los protocolos de los nueve ensayos clínicos en fase III. Ninguno de ellos tendrá resultados completos antes de Julio de 2021. Esto no es una fecha en la que vayamos a tener una vacuna, porque además de tener los resultados, debemos de saber que los resultados son favorables. Es decir, puede ser que el estudio se complete pero la seguridad/eficacia demostrada no cumpla los objetivos para ser administrada a la población. Esa vacuna potencial quedaría descartada.


A continuación expongo todos esos estudios, con la fecha de previsión de completar resultados en la columna de la derecha.

Una vez completado el estudio, hay que fabricar millones de dosis y obtener acuerdos estatales para su comercialización y administración.


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De poder tener algún tipo de adelanto, sería bajo criterios de «uso compasivo», en determinados pacientes en los que se considera que su riesgo sin vacuna es superior al riesgo de efectos perjudiciales, y siempre que los resultados preliminares (análisis intermedio que se hace a lo largo del estudio) sean favorables. Este tipo de intervenciones se utiliza a veces pacientes con enfermedades irreversibles, cuya única oportunidad de curación es ese tratamiento, incluso asumiendo que puede no ir bien.

Espero que la información sea útil.

 

Como consejo, y ante la espera que aún resta para disponer de una vacuna, priorizar aquellas acciones preventivas encaminadas a reducir el riesgo de complicaciones.

Todos debemos de seguir las recomendaciones de higiene y uso de mascarilla. Además, cualquier persona en situación vulnerable puede hacer un esfuerzo por reducir su riesgo de complicaciones. Esto pasa por reducir exceso de peso en personas con sobrepeso u obesidad, controlar (y revertir, si se puede) factores de riesgo modificables (hipertensión, diabetes, tabaquismo), cumplir los tratamientos y medidas de cualquier enfermedad crónica que se padezca y, en los casos indicados, vacunarse frente aquellos agentes para los que sí tenemos una vacuna eficaz (gripe, neumococo).

Si cada uno cuida de sí mismo, estamos cuidándonos a nosotros, y a los demás.

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